miércoles, 5 de julio de 2017

Migración de pueblos indígenas a la ciudad para ser mas pobres


"Los pueblos indígenas son cada vez más obligados a migrar a la ciudad para morirse en la pobreza"

Álvaro Pop, expresidente del Foro de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas, analiza la situación de los pueblos originarios de cara al décimo aniversario de la Declaración de Naciones Unidas que reconoce sus derechos

"Las empresas que explotan recursos lo único que quieren son dividendos, pero se olvidan de las personas que viven ahí"

"Existe la minería responsable, pero responsable solo ante sus accionistas"

Jaime Giménez - Quito (Ecuador)-03jul2017




Álvaro Pop, secretario técnico del Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y El Caribe. EFE

Este año se cumple el décimo aniversario de la histórica Declaración de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, que trataba de blindar el respeto de los derechos individuales y colectivos de los pueblos indígenas. Sus circunstancias particulares y su sufrimientos histórico merecían el reconocimiento expreso de estos, pero, 10 años después, no hay mucho que celebrar, denuncia Álvaro Pop, activista indígena y expresidente del Foro Permanente de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas.

"Los pueblos indígenas son cada vez más violados, más explotados, más excluidos, obligados a migrar a los centros urbanos y a morirse en la pobreza", lamenta Pop. 

Este maya q'eqchi guatemalteco es, desde enero, secretario técnico del Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y El Caribe, un cargo más en toda una vida dedicada a la lucha por los derechos de los pueblos originarios.

Desde su altavoz trata de desterrar mitos e insiste en la importancia de los pueblos indígenas para la supervivencia del planeta. 

"Somos una minoría global que alberga en sus territorios el 70% de la capacidad forestal y el 50% de la biodiversidad del mundo", recuerda en una entrevista con eldiario.es. 
Los desafíos que afrontan estas comunidades, insiste, aún son muchos: desde el cumplimiento del derecho a la consulta hasta el fin de la persecución de las poblaciones locales, así como un modelo de desarrollo alternativo.

El concepto de "modernidad" importado de Europa es, a juicio del experto, uno de los principales problemas en la vida de los pueblos a los que representa. 

"Occidente, con su concepto de modernidad, insiste en los derechos individuales, la democracia individual, la economía individual, olvidándose de que no podemos existir sin la colectividad", lamenta este corpulento indígena de 48 años.

Desde el desierto de Sonora hasta Tierra del Fuego, los pueblos originarios representan el 10% de la población total de América Latina, con alrededor de 50 millones de personas, según Naciones Unidas. 

Repartidos en cientos de comunidades a lo largo de Abya Yala –nombre ancestral que engloba al continente americano –, los primeros pobladores habitan entornos tan diversos como la imponente selva amazónica, los gélidos páramos andinos o las paradisíacas costas caribeñas.

Sin embargo, muchos de ellos enfrentan amenazas similares. 

Los proyectos de extracción de recursos naturales, ya sean mineros, petroleros o hidroeléctricos, conllevan en muchas ocasiones, recuerda Pop, el desplazamiento forzado de comunidades enteras. 

Cuando estas oponen resistencia, suelen ser perseguidas, encarceladas o asesinadas. 
Ocurre a menudo en México, Honduras o Brasil, pero también en países con gobiernos progresistas como Ecuador.

Según Pop, la falta de protección de los pueblos indígenas se debe a prácticas neocoloniales asociadas a la proliferación de "gobiernos corporativos que mantienen relaciones incestuosas con las empresas". 

Esta prevalencia de los intereses de inversores extranjeros sobre el bienestar de las poblaciones locales conlleva entonces que "los pueblos indígenas sean cada vez más violados, más explotados, más excluidos, obligados a migrar a los centros urbanos y a morirse en la pobreza, perdiendo sus idiomas", denuncia el que fue en 2016 presidente del Foro Permanente de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas.



Indígenas guaraníes usando sus prácticas de caza en el Parque Nacional Yasuní./ Dolores Ochoa (AP)

Frente a un modelo de desarrollo que permite que comunidades situadas alrededor de una central hidroeléctrica no tengan luz en sus casas, Pop esgrime las alternativas propuestas por los pueblos originarios. Entre ellas destaca el Buen Vivir, o Sumak Kawsay, surgido en los Andes. 

"Esta práctica de vida debería hacernos reflexionar para que reconozcamos formas de pensamiento vinculadas a la naturaleza y a la colectividad", sostiene.

En cualquier caso, Pop desmarca a los pueblos originarios del ecologismo. "El planteamiento ecologista ve a la naturaleza allá y al humano acá, y el humano tiene que proteger a la naturaleza. El planteamiento de los pueblos indígenas no es así. Nosotros estamos dentro y, por lo tanto, queremos que nuestro mundo se mantenga", aclara.

"La obligación de consultar a los pueblos no se cumple"

A punto de cumplirse del décimo aniversario de la Declaración de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, Pop estima que los avances jurídicos han sido importantes, pero no han solucionado los problemas. "Las normas internacionales y nacionales obligan a los Estados a construir mecanismos de diálogo y consulta mediante la participación de los pueblos indígenas, pero esto en la práctica no se cumple", afirma.

El derecho a la consulta previa, libre e informada, que otorga a las comunidades afectadas por proyectos extractivistas el poder decisión sobre sus territorios, es uno de los más vulnerados. No obstante, existen casos recientes que muestran un cambio de tendencia, como el de la comunidad campesina de Cajamarca, en Colombia, que dijo 'no' a la minería en una consulta popular celebrada en marzo.



Cientos de mujeres indígenas se reunieron el 8 de marzo en la Amazonia sur de Ecuador para expresar su rechazo al acuerdo alcanzado entre el gobierno del ex presidente Correa y el consorcio petrolero chino Andes Petroleum. | Estefanny Bravo

A Pop no le extraña que las poblaciones rurales de América Latina se opongan a las iniciativas mineras. 

"No hay un solo ejemplo de un lugar donde hubo una mina de oro o de plata y hoy haya un jardín", expresa en referencia a las promesas que realizan gobiernos y compañías mineras sobre la reforestación de los territorios explotados.

"Existe la minería responsable, pero responsable solo ante sus accionistas. Las empresas que explotan recursos lo único que quieren son dividendos, bajo ese concepto se olvidan de las personas que viven ahí, se olvidan de la posibilidad del rescate de la naturaleza", señala.

"La creencia de que no aportamos es falsa"


Debido a esa resistencia que muchos pueblos indígenas mantienen ante los proyectos de extracción de recursos naturales, abundan los gobiernos que los tildan de obstaculizar el desarrollo. Lo mismo ocurre con buena parte de las poblaciones mestizas urbanas de América Latina, quienes priorizan la creación de empleo y la llegada de recursos económicos sobre los derechos de los pueblos a decidir sobre sus territorios.

Frente a esta extendida percepción que caricaturiza a los indígenas como enemigos del progreso, Pop arguye que el desarrollo económico de buena parte del planeta debe mucho a las comunidades nativas. 

"Los pueblos indígenas han ayudado y sostienen las economías de casi todos los países de América Latina y del mundo", asegura. 

"Nos dedicamos a la agricultura y a la pesca, nuestras economías están muy vinculadas a la tierra. Por eso la creencia de que no aportamos y que somos dependientes es falsa".

Pop reconoce que los pueblos indígenas también tienen que hacer autocrítica en algunos aspectos, como en relación a los derechos de las mujeres. 

"Por supuesto que hay machismo en las comunidades, hay desigualdad en la toma de decisiones", asume este politólogo maya, que valora los aportes de mujeres indígenas vinculadas al feminismo comunitario.

Frente a los retos que los pueblos originarios tienen por delante, Pop considera que el más acuciante de ellos es la transformación de los Estados latinoamericanos en entes que garanticen el cumplimiento de los derechos indígenas. 
Además, plantea la necesidad de buscar una tercera vía que permita superar la "disyuntiva mortal" que obliga a elegir entre extractivismo sí o extractivismo no.

"Sin la explotación de los recursos no hay futuro porque nos quedaríamos sin teléfonos celulares y sin energía eléctrica, pero tampoco hay futuro haciéndolo. Por eso hay que construir una tercera vía para el desarrollo en donde el bienestar de todos incluya el bienestar de los pueblos indígenas, donde seamos reconocidos como ciudadanos de primera categoría", concluye.

domingo, 4 de junio de 2017

Argentina/Paraguay- Las masacres realizadas por los Ingenios azucareros


Las masacres indígenas de Ingenio Ledesma


La historia perdida de los nivaĉle. O cuando la empresa de los Blaquier, junto con otros ingenios, usó a la gendarmería para asesinar trabajadores.


Daniel Cecchini- 24 MAYO, 2017

“Muchos nivaĉle fueron engañados por el Ingenio Ledesma, y muchos murieron ahí y también en el Ingenio La Esperanza. Muchos trabajan los nueve meses, pero no cobraban, no les pagaron. Le daban por ahí pantalón, camisa, o un poco de tela, y nada más. Los blancos decían: ‘no hay que pagarles’. 

Había sido idea de los blancos que a esta gente no le vamos a pagar porque allá vamos a matar a todos”.

El relato que encabeza este artículo pertenece a Ts’ivanti (Eduardo Ponce Duarte) y es uno de los tantos que, sin buscarlos, registró un grupo de investigadores cuando hizo un trabajo de recuperación de la historia y la cultura ancestrales del pueblo nivaĉle, una etnia indígena cuyas poco numerosas comunidades se distribuyen entre las provincias de Salta y Formosa, en la Argentina, y los departamentos Boquerón y Presidente Hayes en el sur de Paraguay.

Las entrevistas a ancianos nivaĉle fueron realizadas entre 2014 y 2016 por Gustavo Núñez, Marcelo Mendieta y Pablo Chianetta, quienes pronto descubrieron la reiterada aparición de menciones a masacres cometidas contra los trabajadores indígenas de Ingenio Ledesma (Jujuy), Ingenio La Esperanza (Tucumán) e Ingenio San Martín del Tabacal (Salta) en la década de los 40 del siglo pasado. Los entrevistados refirieron también que, a continuación de cada masacre, sufrieron ataques de la gendarmería en sus propias aldeas, lo que los obligó a cruzar el Río Pilcomayo y refugiarse en Paraguay.

La recuperación del relato de estos hechos -completamente ignorados por la historia oficial- permite, como primera e impactante conclusión, que la trágica Noche del Apagón perpetrada por empresarios y militares en Ingenio Ledesma no fue un hecho aislado sino el eslabón de una cadena de atrocidades cometidas contra sus trabajadores por los ingenios del norte argentino.

Los testigos de los hechos ya están muertos, pero sus historias fueron transmitidas oralmente de generación en generación, como parte del acervo identitario de sus comunidades. Sus testimonios fueron recopilados en el trabajo “¡Están! El Pueblo Nivaĉle en Formosa”, de la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Desarrollo, que será presentado en los próximos días en el Congreso Nacional. Aquí, Revista Zoom adelanta algunos fragmentos de esas historias de terror. Los testimonios no requieren explicación.


La masacre de El Quemado




Asĉa’at

Cuenta Asĉa’at (Mauricio Quiñones, 75 años, de la Comunidad Fischat, Paraguay): “Mi papá contaba que fueron al Ingenio Ledesma (…) Yo vi el lugar donde ocurrió la matanza en El Quemado, ahí los esperaron cuando vinieron del ingenio. Con otros vimos el lugar donde mataron a esa gente, y vino con nosotros una mujer que es sobreviviente de la matanza de ese lugar. Ella relató que llegaron ahí, a ese lugar y ella se dio cuenta que algo ocurría porque a los nivaĉle les pedían los cuchillos y eso. A todos los pusieron dentro de un alambrado, los gendarmes carnearon y los nivaĉle pelaron el animal para comer todos juntos. Era de tardecita. Ella se dio cuenta que algo ocurría porque ella buscaba leña, se iba lejos, y el gendarme le traía de nuevo, y ella iba, y de nuevo le traían, hasta que pudo irse lejos, y ahí escapó.

“Ella nos contó que los gendarmes los esperaron en el regimiento, donde está ese camino que va a Yema. Ahí los esperaron a los nivaĉle. Los nivaĉle decían que cuando llegaron ahí los gendarmes hablaban muy bien y trataron bien, hasta mataron un animal para comer con los nivaĉle. Siempre pasábamos por ese lugar cuando íbamos al ingenio, nadie se dio cuenta que estaban en peligro porque de donde venían no pasaba nada, y volvían a sus aldeas y nadie les avisó nada cuando bajaron del tren, por eso no sabían hasta llegar a ese lugar donde los esperaban.

“También hay un hombre que se llamaba So’oniyaj; él relató que también estaba con los que mataron, y el sobrevivió cuando dispararon a los nivaĉle. Él se hizo pasar por muerto en medio de los otros, sabía lo que hacía, respiraba despacio para que los gendarmes no se dieran cuenta. Cuando él relató lloraba porque es muy malo lo que ocurrió. Se salvó porque era de noche cuando mataron a esa gente. Cuando él tomaba aloja contaba esto y decía: lastimosamente sobreviví, lastimosamente llegué a ser viejo.

“Los gendarmes se fueron y dejaron ahí a los que mataron. Él decía que se levantó despacio para salir de ahí. Él quedó debajo de todos y con la sangre de los que murieron se cubrió para que crean que estaba muerto, ya era de madrugada. Como a las tres de la madrugada los gendarmes ya se durmieron, él contó a otros jóvenes que llegó al río y se lavó la sangre y escapó, pero siempre lloraba. Decía: ‘Todos murieron, nosotros éramos dos sobrevivientes’”.


Emboscada en Fortín Chávez




Môshee

Relata Môshee (Estaban Madrid Cano, 74 años, de la Comunidad Fischat, Paraguay): “Esta historia es muy mala que me contó mi papá. La segunda matanza de nivaĉle fue en Fortín Chávez. Esta matanza ya se sabía en el Ingenio Ledesma. Los gendarmes hablaron con los jefes del ingenio y les dijeron que les querían matar a los indios. El jefe de obra les dijo que no todavía, que les dejen terminar el trabajo y después ellos les largan, y ahí sabrán qué hacer ustedes. Trabajaron muchos meses, nueve meses, un año, y el jefe de la obra les decía a los nivaĉle que compren armas. Vat’ôsĵatcompró una escopeta.

“Siempre volvían en distintos grupos, de veinte, de quince. Así llegaron a ese fortín y les dijeron que descansen, que les iban a dar de comer, parecido a la otra matanza. A algunos les gustó la idea y a otros no les gustó y decían no hay que aceptar. Así que algunos quedaron y otros no. Los gendarmes les dijeron: pueden descansar acá, vamos a carnear una vaca para que coman asado y puedan cocinar, y eso le puso bien arisco a la gente, así contó mi padre. Él estaba en ese grupo, decía que ellos se separaron sino los gendarmes iban a matar a todos.

“Mi papá cuenta que el papá de una señora, que se llama Marta, desarmó su arma y puso en una maleta chica, y se fue con la gente que no quiso quedar. Cuando iban a mil metros, más o menos, ya se escucharon los tiros. Griterío dice que había, y ahí algunos en ese momento se escaparon. La matanza anterior fue en El Quemado, y ésta en Fortín Chávez, en el año ’40 más o menos. Los nivaĉle que iban solos se escaparon, y a los otros que quedaron, como era campo, los mataron.

“Vat’ôsĵat, que desarmó su escopeta, fue herido, y ahí se dio cuenta que también tenía escopeta y armó su escopeta. Mató dos gendarmes y corrió para escapar. Le seguían. Él encontró un pozo y se escondió en un chañaral tipo isla. Ahí se metió. Llegaron los gendarmes y vieron que entró ahí, y cuando fueron a ver él les tiró. Ellos también tiraron pero no le veían a él. Después vino el jefe de los gendarmes y él le tiró y le mató, y ahí vinieron los gendarmes y alzaron a su jefe y se fueron, y después de eso pudo salir para este lado y venir.

“Los gendarmes los perseguían con perros, con caballos, y algunos iban a pie. 
Esta historia no es buena”.




Mômôn

Mômôn (Cristina Canteros, no sabe su edad, de la Comunidad Fischat, Paraguay) recuerda una matanza de trabajadores del Ingenio San Martín del Tabacal: “Yo nací acá, en Fischat. En el campamento ahí (en territorio argentino) vivía mucha gente. Todos han fallecido. Cuando era chiquita siempre iba al ingenio San Martín. Los nivaĉle trabajaban, hacían surcos de caña de azúcar, había mucho trabajo. Cuando los nivaĉle volvían de allá siempre había problema porque les mezquinaban la plata cuando ellos tenían que cobrar, como si fuera oro. Entonces empezaba la matanza”.


Los ataques a las Comunidades




Ts’ivanti

Ts’ivanti (Eduardo Ponce duarte, 65 años, de la Comunidad San José Esteros, Paraguay) relata: “Yo tenía 7, 8 años y viví con mis padres ahí donde ahora le llaman Vidalita (en Formosa), donde está la ruta asfaltada en la Argentina. Ese lugar queda a 3 km de Mistolar, que nosotros llamamos Aĵoitachat. Residimos ahí, pero cuando atacaron los gendarmes volvimos a este lado. Mi papá Chicunaĵ se salvó de los gendarmes, y entonces me aconseja que me vaya y lleve las docas para comer.

“Cuando atacaron los gendarmes al lado del bañado eran tiempos de invierno, porque había mucho hielo, la tierra estaba emblanquecida cuando pasamos. Cruzamos por un agua muy helada, pero no era hondo, el agua llegaba hasta la cintura. Por el susto pasamos a este lado del Pilcomayo. Ahí buscamos algo para vivir: la comida, el pescado, que sacábamos con nuestra red tijera. Como el pescado tenía frío, venía hasta la orilla y entonces ahí agarrábamos fácil; ahí nomás se hacía el fuego para cocinar. También guardábamos las lhava’ac (tripas de los pescados) para hacer lhtsevĵatinuc (grasa de pescado) para comer con doca. Eso era antes, hoy comemos la grasa con yucuve (pan), son nuevas costumbres”.




Ina’â

Del relato de Ina’â (Antonio Chávez, no sabe su edad, de la Comunidad San José Esteros, Paraguay): “Voy a contar un poco sobre mi papá, mis abuelos, mi mamá. Mi papá se llamaba Aĉla’a (José Chávez) y era de Escalante; mi mamá era de Esteros, y se llama Ĉlavusi (Catalina González en santó), y es hermana de Tôntsinôt. El papá de mi mamá se llamaba TucjiLhacfe, y mi abuela se llamaba Antsoĵque’e. Ellos estuvieron ahí, tenían sus chozas en Tavashay (El Quemado, Formosa), de allí les corrieron los gendarmes. Vieron que tenían muchos animales: vacas, caballos, cabras, ovejas…, los nivaĉle tenían muchos animales. Corrieron de ahí y dejaron todos sus animales por miedo, porque los gendarmes llegaron a la madrugada a las aldeas de los nivaĉle y mataron a muchos. Quemaron algunas casas, algunos dormían. Era bien temprano cuando los gendarmes les llegaron en su aldea. Algunos sobrevivientes vinieron a este lado del Pilcomayo. Mi mamá decía que ella ya era grandecita, tenía 7 años, todo era un campo grande donde estaba su aldea. Eso facilitó a los gendarmes para matar a los nativos, porque no tenían dónde ir y todo era campo. A algunos agarraron en medio del campo y los mataron. Por suerte, mi abuela y mi mamá encontraron un gendarme bueno y no las mató, solo les dijo que se vayan, que corran… ´’Voy a tirar al aire nomás para que mi jefe crea que yo maté a ustedes’, les dijo. Por eso sobrevivieron mi abuela y mi mamá, y yo nací”.


Sin identidad ni derechos

De acuerdo con los datos del Censo Nacional de Población, en 2010 los nivaĉle en la Argentina sumaban 645 personas, distribuidas en comunidades ubicadas en las provincias de Salta y Formosa, aunque es muy probable que se trate de un registro muy poco preciso por las dificultades para censarlos. Muchos de ellos no han tenido acceso al DNI porque no se los considera argentinos sino paraguayos.

Antes repartidos en todo el territorio del Chaco Argentino Paraguayo, en la actualidad el grueso de los nivaĉle reside en Paraguay, donde la etnia también es fuertemente discriminada pero, por lo menos, tiene acceso a algunos derechos mínimos.

Estos relatos, que cuentan historias de explotación y muerte, no sólo hacen llegar la voz de uno de los pueblos más castigados de la Argentina sino que revelan el siniestro papel jugado por los ingenios del norte argentino que -utilizando a la Gendarmería Nacional como una fuerza propia- lo llevaron al borde de su desaparición.

jueves, 18 de mayo de 2017

Coalición de líderes indígenas firma declaración contra el oleoducto Keystone XL


Jefes indígenas firman declaración contra el proyecto de oleducto Keystone XL.

Photo Credit: Presse Canadienne

Coalición de indígenas firma declaración contra el oleoducto Keystone XL


Por Pablo Gómez Barrios | amlat@rcinet.ca - Jueves 18 mayo, 2017

Una coalición de naciones indígenas canadienses y estadounidenses firmó una declaración para expresar su oposición al oleoducto Keystone KL. 

Los signatarios previenen que están dispuestos a recurrir a los tribunales y a todos los medios necesarios para bloquear este controvertido proyecto.

En el transcurso de la ceremonia de firma de la declaración en Calgary, Alberta, provincia del oeste canadiense, los líderes de la Confederación de Pies Negros (Blackfoot) y de la nación Gran Sioux (Great Sioux) hicieron un llamado a un mayor diálogo y a más consultas sobre el oleoducto que atravesaría las tierras ancestrales de las comunidades que ellos representan.

El jefe de la nación sioux Crow Creek, Brandon Sazue, dijo que los miembros de esta comunidad esperan poder recurrir a los “medios apropiados” para oponerse al proyecto de transporte de hidrocarburos. 
Haciendo alusión a recursos jurídicos y de negociación. Y si es necesario, previno Brandon Sazue, él y otros miembros de su tribu están dispuestos a protestar como se hizo en el caso del oleoducto Dakota Access.

Jefes indígenas firmaron declaración en contra del proyecto de oleoducto Keystone XL. © PC/Jeff McIntosh

El jefe Sazue -que estuvo detenido durante las manifestaciones en la reserva Standing Rock contra Dakota Access- dijo que no buscaba la confrontación pero que estaba dispuesto a pelear por sus creencias.

Los líderes indígenas hablaron de sus inquietudes con respecto al proyecto Keystone XL y de una forma más general, de la intensificación de la explotación de las arenas bituminosas y de los efectos que podrían tener.

La declaración de 16 páginas resalta los derechos que los tratados les han dado y la oposición de los indígenas al proyecto de 8.000 millones de dólares que transportaría petróleo crudo canadiense hacia Nevraska y hacia las refinerías en el sur de Estados Unidos.

La jefa Judy Wilson de la nación Neskonlith (izq) y Casey-Camp Horinek de nación Ponca, firman la declaración contra el oleoducto Keystone XL. © PC/Jeff McIntosh

TransCanada por su parte, afirma que el oleoducto no representa ningún peligro para el medioambiente, creará empleos y contribuirá al aumento del crecimiento económico. Recordemos que el presidente Barack Obama había rechazado este proyecto en 2015, pero la administración Trump lo aprobó a principios de este año.

Pero el proyecto hace frente a otros obstáculos antes de ser una realidad. Una coalición de grupos ambientalistas cuestiona el permiso federal ante los tribunales, afirmando que se necesitan estudios más profundos sobre su impacto en el medioambiente. De hecho, las autoridades de Nevraska no han decidido todavía si aprobarán el trazado propuesto en ese estado.

Las tribus prevén utilizar la declaración firmada este miércoles para llamar la atención sobre su causa, posiblemente presentándola ante Naciones Unidas.

 Examinan también la posibilidad de utilizar otras formas de oposición, incluyendo manifestaciones a lo largo del trayecto propuesto, indició Casey Camp-Horinek de la tribu Ponca de Oklahoma.

RCI/La Presse Canadienne